Soberanía alimentaria: una necesidad de los pueblos

João Pedro Stedile y Horacio Martins de Carvalho
Martes 8 de noviembre de 2011 por LRAN

El derecho a la alimentación es un derecho humano básico, incluido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas, 1944. “todas las personas tienen derecho a una buena nutrición como condición sine qua non para un desarrollo pleno, físico y mental” (artículo 25)."

Publicado como capitulo del libro BRASIL SEM FOME, editado por el Ministerio de Desenvolvimento Social-MDS, Brasilia, abril de 2011.

Traducion al español, por Marcela Beatriz Olivares Díaz  Marleny Calle Muñoz Soledad Piazza Conde

LA SITUACION MUNDIAL: el dominio de las empresas transnacionales sobre los alimentos.

El hambre y la desnutrición que afecta a millones de seres humanos siempre fue, a lo largo de la historia de la humanidad, uno de los problemas socioeconómicos más graves en la organización de las sociedades. Su presencia estuvo relacionada a diversos fenómenos como: a) poco conocimiento acumulado de técnicas más productivas de producción de alimentos; b) disputa y pérdida de los territorios más fértiles para producción de alimentos; c) la ocurrencia de fenómenos naturales que destruían cosechas y fuentes de alimentos; d) epidemias que afectaban gran parte de la población e impedían la producción de alimentos; e) brote de guerras generalizadas que movilizaban a los trabajadores e inmovilizaban las áreas cultivables para la producción de alimentos.

Durante el siglo XX, las sociedades se organizaron de tal manera que la mayoría de estos fenómenos ya no fueron responsables por la existencia de hambre y desnutrición. Sin embargo, el hambre y la desnutrición jamás afectaron a tantas personas como en la era contemporánea de la historia de la humanidad. ¿Dónde estaría la causa ahora?

La explicación puede ser encontrada en las tesis de nuestro querido Josué de Castro: “el hambre y la desnutrición no es un acontecimiento natural, sino el resultado de las relaciones sociales y de producción que los hombres establecen entre sí”.

De hecho, la existencia del hambre que afecta a millones de personas, que en el 2009 alcanzó a mil millones de seres humanos y en el 2010 retrocedió a 925 millones, tiene sus causas en el control de la producción y en la distribución de la producción y de la renta entre las personas.

Nunca antes en la historia de la humanidad la producción de alimentos estuvo tan concentrada bajo el control de una misma matriz de producción. Nunca antes en la historia de la humanidad tan pocas empresas oligopolizaron el mercado, actuando a nivel internacional, ni tuvieron tanto control sobre la producción y el comercio de productos alimenticios como ahora. Se estima que menos de 50 grandes empresas transnacionales tienen el control mayoritario de la producción de semillas, de insumos agrícolas y de la producción y distribución de los alimentos en todo el mundo.

El derecho a la alimentación, bajo el manto del capitalismo internacionalizado, no es más un derecho humano, de todos los seres humanos, independientemente de su condición social, de color de piel, lugar de vivienda, género y edad. Ahora, el acceso a los alimentos está regido por las leyes capitalistas del lucro y de la acumulación. Por lo tanto las personas sólo tienen acceso a alimentos si tienen dinero y renta para comprarlos. Al haber elevada concentración de la renta, en prácticamente todas las sociedades, y más gravemente en los países del hemisferio sur, las poblaciones pobres, que viven mayoritariamente en esos países, sufren las consecuencias de la falta de acceso a los alimentos.

Se vive una situación mundial en la que nunca antes el planeta había producido tantos alimentos, en función de las técnicas agrícolas y de la capacidad de beneficio y almacenamiento, y aún así, nunca antes tantas personas estuvieron privadas del acceso a este derecho humano, que hiere la sobrevivencia de la propia especie.

Las llamadas políticas públicas, de responsabilidad de los gobiernos que controlan los aparatos estatales, relacionadas con la política de abastecimiento alimentario, están más que nunca establecidas en el ámbito general de una correlación de fuerzas políticas determinadas por la macroeconomía mundial y corroboradas por las prácticas de los organismos multilaterales de defensa de los mercados oligopolistas.

Así, el comportamiento del FMI (Fondo Monetario Internacional), de la OMC (Organización Mundial de Comercio) y del Banco Mundial, siempre defendieron en primer lugar los intereses de las empresas, cubiertos bajo el manto de la libertad de circulación del capital y de las mercancías. Como máximo, ahora, defienden políticas gubernamentales compensatorias, para que el hambre y la desnutrición no se transformen en tragedias sociales o conflictos políticos internacionales. El otro organismo de las Naciones Unidas, creado para ocuparse específicamente del tema, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y Agricultura) está completamente ausente e incapaz de proponer políticas de cambios estructurales a los gobiernos. La FAO se transformó en las últimas décadas, apenas en un organismo burocrático de investigación y registro de los volúmenes del hambre y la desnutrición que afectan a la humanidad. Ayuda a denunciar, pero no tiene fuerza para combatir sus causas.

Asimismo, las políticas compensatorias recomendadas por esos organismos internacionales acaban actuando mucho más sobre el descenso del costo de vida en las grandes ciudades, y así, facilitan la mantención y el agravamiento de salarios bajos y de las condicionantes de desigualdad social registradas en todos los países del hemisferio sur. Y eso no ha sido contradictorio, sino funcional a los intereses dominantes de las grandes empresas y gobiernos imperiales, con su oligopolización del comercio de alimentos y con la política de dependencia de los países pobres, periféricos, ante los mercados internacionales de alimentos controlados por esas grandes empresas transnacionales.

Uno de los principales estudiosos contemporáneos del problema, el profesor suizo, consultor de las Naciones Unidas, Jean Ziegler nos advierte que: “Una de las principales causas del hambre y de la desnutrición de millones de seres humanos es la especulación, que sobreviene, sobretodo, de la Chicago Commodity Stock Exchange (Bolsa de materias primas agrícolas de Chicago), donde son establecidos los precios de casi todos los productos alimenticios del mundo (...). Para resolver la crisis algunos sugieren las siguientes soluciones: regulación de la especulación... vetar de modo absoluto la transformación de los productos agrícolas en biocombustibles... otra podría ser que las instituciones como Bretton Woods y la OMC podrían cambiar los parámetros de su política en la agricultura y dar prioridad absoluta a las inversiones en los productos de primera necesidad y en la producción local, incluyendo sistemas de riego, infraestructura, semillas, pesticidas, etc. Se trata de un problema de coherencia. Muchos países que forman parte de la Internacional Covenant on Economic, Social and Cultural Rights (Convención Internacional sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales) son también miembros de las instituciones Bretton Woods y OMC (...).”

El programa de distribución de alimentos a través de la FAO, para las poblaciones más pobres de los países periféricos, son apenas paliativos, no alcanzan a toda la población y son cada vez más reducidos en su amplitud. Es hasta cierto punto irónico que los alimentos distribuidos por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) para reducir el hambre de millones de personas - y cuyos fondos son constituidos por donaciones de varios gobiernos del mundo, son adquiridos junto a las grandes empresas multinacionales en el mercado de alimentos internacional. Inclusive, las empresas usan ese programa para inducir el consumo de alimentos transgénicos, a veces todavía prohibidos en los países beneficiarios y/ o usan los stocks con plazos de vencimiento de valor nutritivo en riesgo. Su importancia es tan limitada, que todo el programa mundial del PMA, para todos los países que tienen poblaciones hambrientas es menor en recursos, ¡que el “programa bolsa-familia” del gobierno brasilero! Y si comparáramos, los billones de dólares gastados por los gobiernos en los países del norte con los auxilios financieros a los bancos en la última crisis (2008-9), veremos cuan ridícula es la aplicación de algunos pocos millones de dólares en ayuda alimentaria al sur.

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8 de noviembre de 2011
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